Camisas de leñador, las guitarras rabiosas y los ojos tristes.
Obra cumbre de un movimiento, el de las camisas de leñador, las guitarras rabiosas y los ojos tristes, esto es, el grunge, Nevermind, el segundo disparo de Nirvana, la banda que lideró el malogrado (en el sentido Winehouse pero también Hendrix, Joplin y Morrison, y todos aquellos que sucumbieron a la Maldición de los 27, es decir, que no superaron los 27 por culpa de la abismal soledad con la que
crecieron y de la que nunca fueron capaces de librarse, ni tan siquiera inventándose amigos imaginarios, como en el caso de Cobain, que solía hablar con un niño invisible al que llamaba Boodah), acaba de cumplir 20 años. Y su mensaje (el de que nada importa, como reza su título, a excepción de que consumamos y nos mantengamos mansamente adiestrados: basta una escucha al tema que la banda siempre se negó a tocar en directo, Smells Like Teen Spirit, el único en el que se menciona la palabra que da título al álbum, para darnos cuenta de que Kurt Cobain no era uno más de la manada, sino el tipo que vive a un paso de sus raídos zapatos y nos alerta de que Ellos quieren que Seamos Así) sigue tan vigente como lo estaba en aquel otoño de 1991. Por entonces, el no future que casi dos décadas antes había anunciado el punk (encarnado por el sarcásticamente colérico Sid Vicious) se había transformado en una melancolía autodestructiva (he aquí el espíritu del grunge, pop noise que, en busca de la belleza, se automutila y resulta, por momentos, dolorosamente hermoso) capaz de hacer aullar a tipos como Eddie Vedder (que más tarde se convertirían en songwriters simplemente demasiado hondos) y gritar, como gritaría un tipo que hubiese sido amordazado, a bandas como Mudhoney (su Touch Me I’m Sick sigue siendo hoy una de las piedras fundacionales del movimiento de las camisas de leñador).
Tras un primer intento rabioso y desenfocado (el también imprescindible Bleach), Kurt Cobain y los suyos (Dave Grohl y Kris Novoselic) dieron en el blanco con Nevermind, un puñado de canciones sobre amigos que no existen (pero que están en tu cabeza de todas formas: Lithium), asesinos de niñas (la cruda Polly está basada en la desaparición de la hija de unos amigos de Co-
bain), rebeldes gritos de guerra (Territorial Pissings) y confesiones de un chico que escribía diarios para que alguien los leyera (Come As You Are, About A Girl, Something In The Way). Ilustrado con la foto de un bebé desnudo (Spencer Elden, hijo de un fotógrafo amigo de los Cobain-Love) que persigue un dólar que pende de un anzuelo en el interior de una piscina (algo que en los 90 no estaba mal visto pero que, a juzgar por lo que hizo Facebook hace tan sólo un par de meses, esto es, censurar la imagen en los diversos grupos que celebraban el aniversario del álbum, 20 años después sí), el disco (tildado de comercial en la época, hecho que llevó a la banda a volverse más oscura en su tercero y último álbum: In Utero) será homenajeado este mismo mes con la puesta en circulación de un álbum homenaje y un libro que incluirá el concierto que la banda dio en Seattle (cuna del grunge) en 1991. Sin duda un buen momento para redescubrir al genio maldito y compartir sus estallidos de emoción contenida con nuestros hijos. Quién sabe, tal vez algún día quiera saber cómo se monta una banda con tan sólo dos amigos. ¿Y qué haremos entonces? Entonces desempolvaremos nuestro Nevermind y les diremos: “¿Has escuchado esto?”. El resto, será historia.
Texto: Laura Fernández